A propósito de panorama cultural


               Tengo ante mí un periódico cultural llamado “La Panera” (julio 2011, nº 18) y junto a Caelo (8 años) y Valentín (9 años) leemos unas reseñas sobre varios cantautores que renuevan la escena nacional dándole duro a la guitarra y a la voz, jugándose el todo por sus músicas. Entonces desde los pequeños viene la pregunta “¿Y Doctor Pez?” e inevitablemente me enfrento a los hijos y de nada sirve explicar. Que la deconstrucción, que el imperialismo, que el underground. Para ellos sólo es válido el espacio ahí, entre los otros. “Está bien”, solidarizan. “Bueno, ya te van a escuchar”. Aunque me hayan visto tocar en los lugares más insólitos, para ellos aún soy un aprendiz de brujo, un padawan. Y ni hablar de sus caritas cuando viajo con ellos en la micro, cantando tango, tonada y vals peruano. Dorian, que a sus 12 años es más crítico, me ve pasar por los asientos recaudando el aprecio por mi trabajo y no sé si se enorgullece como yo o si evalúa la situación con un prisma distinto. Después de todo, yo mismo no quisiera que ellos hicieran lo que hago. ¡¡¡Aguante artistas callejeros!!! Amo mi trabajo en las micros. Me refiero a que no quisiera que loopearan mi experiencia. ¡¡¡ Que vayan por las suyas!!!
            Felicito de antemano a todos mis colegas cantautores que están logrando cosas, haciéndose oír. Coincido con el tono de voz de las reseñas en cuestión. Siento hace rato que la escena cambia a favor de la aventura y que la hacen cambiar los mismos músicos. Que ciertas audiencias están madurando y eso es gracias a que hay, ante todo, diversidad. Hay también atrevimiento, singularización, pimienta.
            Pero… (ya empezaste)
            Siento también alrededor un caos mayor. Audiencias óctuplemente cautivadas por la manflinfla radial y el realtone, ajenas a todo ese bullir de guitarras y poéticas, inexpertas en el dejarse llevar, en el creerle a otro (¿espejo de un pueblo ajeno a la lucha social, a la movilización, al dejar por un momento de velar en exclusiva por su ombligo y atreverse a sacrificarse por un objetivo plural?) y así me acuerdo de Subverso, que cada vez que lo escucho me hace sentir absurdamente culpable y a todos los demás cantautores culpables conmigo. Quizás Vicente, como quizás todos los maestros del HH, también siente que su mensaje no llega a todos los que debiera, pese a lo agudo de su crítica, a lo palpable de su entusiasmo y a su cautivante morfosintaxis.
            Por ahora que haya paz, colegas. Caelo, Dorian, Valentín, Etram, mis niños conocen mis canciones y eso me amplifica. El punto es que aún hay mucho por hacer. Más allá de la inmediatez que un artículo te brinda está el tiempo real, la gente real. Y nunca será suficiente. Tenemos que ser aún más fastidiosos.
            Para terminar, una arenga: paráfrasis a Ralph W. Emerson, “El buen auditor es el que hace que el disco sea bueno.”

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