Otra sobre el Derecho de Autor.

Otra sobre el Derecho de Autor.

Mi amigo Mario Baldío me envió este regalo:


Canciones perdidas. ) Lagunas (

          Y la música independiente prolifera y prolifera, peligrosamente, como un fuego mal apagado en medio de un parque privado, invisiblemente; si se mira al sesgo, de reojo, desde la luminosidad incandescente de la música que suena en las radios, que se le da y se le da, se pueden ver, al menos, sombras que se mueven, que asoman afiches, eventos mediáticos, plataformas, como una reconstrucción postapocalíptica, como algo que germina bajo la suela de los zapatos, zapatos que escuchan, pero no oyen, y por tanto, sordos.
          En esa mirada al sesgo, hay también un oír al sesgo, y es ahí cuando preguntamos: “oye, de quién es esa canción?”. Y la pregunta por el de quién es no admite ni por si acaso un halo de propiedad, sino de ubicación, de búsqueda. La pregunta consigna una coordenada, un vector. Nada más que eso. Lo que se busca es volver a escuchar la canción y a partir de ella podría o no llegarse al autor, llegarse en el sentido de quedarse, de que me gusten, así, otras canciones.
          Si hablamos de propiedad, soy un defensor repetitivo, repetitivo al punto que senil, como si hubiera olvidado que lo dije antes, y no muchos tienen el placer de ese fastidioso síntoma, hasta ahora: la canción no es de quien la compone, tampoco de quien la interpreta, ni mucho menos de quien la inscribe en los derechos de autor, por lo tanto no es en ningún modo de quien cobra por ella. La canción es, y será siempre de quien la escucha, esto es, de quien la encuentra, y no de quien la encuentra primero, porque el tiempo de una canción es pletórico, el descubrimiento es atemporal. Sólo así las canciones pueden tener historia. Lo que el folclor tiene de popular, más que la tradición, es el enigma. Si la exiliada del sur de Patricio Manns hubiese nacido y muerto bajo el monopolio de quien la escribió, no sería la canción con más historia en la música popular chilena. Lo que hace que una canción tenga historia, esto es, que dibuje un surco delgado pero profundo tras de sí, es la multiplicidad de intérpretes, que la conducen en un rito donde muchas veces ninguno de ellos se ven las caras, ni se conocen, ni siquiera comparten el mismo país, ni el mismo tiempo. Entonces la canción va generando un lacunario, un universo subterráneo (sub-ni-verso). Un inconciente colectivo, una extrañeza con la que un pueblo se cría y se forja, pues las verdaderas verdades son las que no se pueden pronunciar. Una canción que suena una vez, se pierde y sola se recupera. Himnos, como la igualitaria, himno de la sociedad de la igualdad fundada por Francisco Bilbao, cuya letra y partituras estará quién sabe en qué biblioteca llenándose de polvo. Al menos tenemos una primera pista: La escribió José Sapiola, y quién sabe quién más. Pero es sólo eso, una primera pista.
          Entonces no admitimos bajo ningún pretexto que se caiga en la mezquindad de lucrar bajo la exigencia de derecho por sobre una canción, pues la canción, si pudiera, tendría derechos por sobre el autor, y su imposibilidad radica no en que se trate de algo no vivo, sino de algo que no responde a la lógica restringida de la mercancía, sino a la lógica libidinal, atávica del momento en que surge. Si el autor es el responsable de convertir en mercancía cada una de sus canciones, entonces el plagio debería ser una epidemia. La mercancía es ya una peste. Dejemos que esos autores de tanto emitir, de tanto poner banderitas en sus canciones, se recuperen de la sordera escuchando sus “propias” canciones, no para ver cuál pongo de single, o cual mando a la radio, sino para escuchar, al sesgo, lo que susurra la canción: una voz sin tiempo, nacida para perderse en la memoria, y en la vida de todos.

Mario Baldío

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